Las Maquinas de Coser

El origen de las maquinas de coser. 

Tuvieron que pasar más de treinta años y varios intentos antes de la aparición de las primeras maquinas de coser tal y como las concebimos hoy en día.

Las primeras referencias conocidas en relación con el enganche de una aguja a un dispositivo mecánico son del año 1755, año en el que el alemán Charles Fredrick Wiesenthal hizo la patente. Su invento consistía en una aguja que cosía gracias a la acción de unos dedos mecánicos, colocados estratégicamente a lado y lado de la tela. La idea era buena, pero las máquinas de coser se tenían que parar demasiado a menudo para reponer el hilo.

En el año 1970 un inglés tuvo otra idea: Thomas Saint, un ebanista de Londres, diseñó unas máquinas de coser para poder trabajar el cuero y la lona, que eran los materiales que él conocía y utilizaba. Son materiales fuertes, de modo que en vez de una aguja colocó una lezna en la punta (un instrumento de hierro con la punta fina, más largo y resistente que las agujas, utilizado tradicionalmente por los zapateros y los artesanos). Saint patentó la máquina como si se tratara de utensilios para el trabajo de colas y barnices, de modo que pasó desapercibida durante mucho tiempo, y ni siquiera hay indicios de que de fabricaran estos tipos de maquinas de coser. 83 años más tarde, en 1873, Newton Wilson se percató del invento de Saint e intentó recrearlo. Cabe destacar que las máquinas de coser de Saint tenían una característica que ha llegado a ser muy común en los aparatos más tardíos, que es el hecho de tener la aguja sostenida por un brazo.

Entre los años 1795 y 1830 hay constancia de varios intentos de diseño de máquinas de coser diferentes, algunas de las cuales incluso se llegaron a fabricar y funcionaron durante un tiempo. Por ejemplo, alrededor de 1810, en Alemania, Baltasar Khrems fabricó una específicamente para coser gorras, de la cual se sabe poco; en 1814, el alemán Josef Madersperger, sastre, patentó y fabricó unas cuantas máquinas de coser, y dedicó muchos años a desarrollarlas todavía más, pero no lo logró. Ninguna de las máquinas de coser de estas fechas tuvo éxito.

 

El establecimiento de un modelo de maquina de coser

La consolidación de las bases de las maquinas de coser tiene lugar en Francia, en 1830, con Barthelemy Thimonnier. Él desistió de imitar los dedos humanos y buscó una solución para sujetar una aguja de púas en un soporte fijo. Se trataba de una barra horizontal de madera montada sobre otra barra vertical a modo de pie, y el movimiento de la aguja se conseguía gracias a un pedal de pie. De esta manera nació el punto de cadena, que Thimonnier creó originalmente con la idea de bordar, de modo que en teoría sería una máquina de bordar, y no una máquina de coser. Pero más adelante el mismo autor vio las posibilidades que tenía la máquina para coser tejidos. Y ahí se le abrieron todas las puertas del éxito.

Transcurridos 10 años después de su invención, Thimonnier disponía ya de una fábrica dotada con más de ochenta máquinas de coser, con las cuales se fabricaron los uniformes del mismo ejército de Francia. El rumbo de este negocio no gustó nada a los sastres de la capital, temían por sus negocios, hasta tal punto que entraron a la fábrica de Thimonnier para generar un gran altercado: destruyeron todas las máquinas por completo e incluso amenazaron a Thimonnier, que huyó hacia Inglaterra porque veía peligrar su vida. Pero no fue en vano, porque quedó en su nombre la exclusividad de ser el primero en fabricar y poner a la venda las maquinas de coser más rentables del momento.

 

Los grandes avances de las maquinas de coser

Alrededor de los años 30 y 40 del siglo XIX surgió una nueva oleada de ideas nuevas en relación con las máquinas de coser: en 1833 Walter Hunt proyectó la primera aguja de coser con un orificio en la punta, aunque cosía un trazado muy corto; en 1842 John Greenough hizo una máquina de coser que podía perforar la tela completamente, pero no consiguió ningún método para financiarla.

Dos años más tarde, en 1844, dos agricultores de Massachusetts llamados John Fisher y Elias Howe se llevaron la palma. Fabricaron unas maquinas capaces de coser de manera continuada en trazados tanto rectos como curvados, de modo que la costura quedaba mecanizada por completo, fue un éxito clamoroso. Pero la cosa no fue tan bien para los dos inventores, que terminaron peleándose por no aclararse con sus tratos.

El siguiente gran salto en las máquinas de coser fue en 1889, cuando se capacitaron para funcionar de manera eléctrica, en vez de mecánica. Fue cosa del maquinista Isaac Merritt Singer, que además tuvo la brillante idea de hacer estos aparatos más pequeños (y así más asequibles) para que pudieran entrar en todos los hogares.

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